No llevan maletas de cartón, pero componen un nuevo éxodo que azota nuestro país, que dispersa a cientos de jóvenes españoles por toda Europa y el resto del mundo, que nos privará de su conocimiento. A estas alturas pocos se escandalizan por esta fuga de cerebros, lenta pero que no cesa, que privará a España de grandes talentos. Estos jóvenes son los nuevos exiliados, los exiliados del engaño y el fracaso. Se van en silencio por el túnel de embarque de esos aviones que los empujarán hacia sus nuevos destinos.
Hasta hace poco era un privilegio de los nuevos tiempos que nos permitiría gozar de una libertad sin límites, de un mundo sin fronteras, de una capacidad de aprendizaje que roza lo infinito... Hasta la llegada de la crisis que hizo que esas maletas parecieran distintas y las despedidas fueran tristes.
No, ya no se marchan en grupos con maletas de cartón, sino uno a uno. Aparentemente nadie les obliga, pero lo cierto es que una cadena invisible de acontecimientos si que los empuja. Pero, ¿qué pierden? A fin de cuentas, aquí no hay nada.
No hay estadísticas oficiales sobre ellos, no sabemos hacia donde se dirigen. No son emigrantes, sino los nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país. No son, como dicen, una generación perdida para ellos mismos. No son los socorridos ni-nis que sirven para culpar a la juventud de buena parte de esta crisis en la que todos nos hundimos. Son la generación perdida para nuestro futuro.
Parece que aquel "corred insensatos" del famoso mago Gandalf está más presente que nunca en la mente de los jóvenes españoles. Todos corren en busca de un destino mejor, de una vida mejor, y no podemos culparlos de eso sino prepararnos, prepararnos porque seremos los próximos. Todos buscamos un lugar donde el derecho a decidir sea posible, donde el derecho a conocer y aprender no se le pueda arrebatar a nadie. La dignidad será nuestro único patrimonio.
Y no se olviden, la felicidad es innegociable.
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